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Avalon Creek, California, United States
"No sé...Podría decirte que no me gusta la caza, pero te mentiría. Puede que a otro no le gustase vivir combatiendo y arriesgándose la vida, pero a mí me hace verlo todo mucho más vívido, más real. Me hace darme cuenta de que la vida es algo bastante más difícil de conservar de lo que la mayoría de la gente piensa al mirarla desde su inocencia" Stellea Chronicles Vol.II

jueves, 24 de mayo de 2012

6 Asalto


6 Asalto

Inspeccioné mi muñeca derecha, tan entumecida por el frío como la izquierda. El contacto físico con mi asesino había sido aún más congelante de lo esperado.
Aún teniendo el panteón ante mis ojos, con el puente levadizo a pocos metros, como había estado deseando tenerlo durante toda la noche, dudaba estar preparado para una batalla más aquel estúpido y gris día. Quizá antes de que su rostro se cerniera sobre el mío, idéntico, exacto, cual escultura tallada a mi imagen y semejanza, una estatua endemoniada de aliento dulce y gélido al tiempo, quizá sin ella de por medio, hubiera tenido la entereza suficiente para salir de entre la maleza y correr en busca de mi destino final. Pero, después de todo lo ocurrido, prefería volver a casa de los Rhysttas y cobijarme entre las sábanas, en busca de una explicación lógica a por qué, de repente, tenía que compartir mi identidad con una criatura que se alimentaba de sangre.
-¿Y bien?-Alfa me miró entre las sombras, buscando, al parecer, una indicación.
-La última vez que entramos en el panteón fue hace mucho tiempo, mientras buscábamos a mi hermano Nícola, pero lo hicimos con la traslación de Mina.-Le expliqué, pensativo.-Esta vez me temo que no será posible.
Me miró con curiosidad, esperando una explicación.
-Sin Mina, necesito un espejo o una superficie reflectante por la que entrar y otra por la que salir.
Annette asintió con entusiasmo.
-¡Hicimos eso con el espejo de mi habitación!-Hizo memoria.
-Y con las aguas del lago Lerkal.-Apuntó Kelryn.
Guardamos silencio durante algo más de dos minutos.
-Creo que ya está. Sé cómo entrar.-Me rasqué la barbilla, pensativo.-Aunque apenas comprendo nada ¿Sabéis? Así que tampoco estoy muy seguro de que sea el plan acertado. No obstante, es todo lo que tengo. Eso o nada...No voy a quedarme de brazos cruzados después de haber llegado tan lejos.
Alfa frunció el ceño.
-¿A qué te refieres?
Fruncí los labios y el entrecejo, confuso.
-He venido hasta aquí en busca de Erianel y ni siquiera comprendo cómo consiguieron atraparle ni con qué motivo.
La chica torció los labios.
-Oye. A mí me ha enviado la suma sacerdotisa, y no me ha dado muchos detalles, así que no hagas preguntas complicadas, ¿quieres?
-Así que es cierto.-Sonreí con amargura. Era tal y como había sospechado-¿Te manda Jules para ayudarme?
Asintió despacio, mientras pensaba la respuesta.
-Puede decirse así. Aunque más bien...-Guardó silencio de repente.
-¿Qué?
-No hay tiempo de explicártelo. Tenemos prisa.
Estuve conforme. Por un lado agradecía a Jules el haberme enviado ayuda, pero, por otro, sentía que, si la sacerdotisa había decidido que necesitaba refuerzos, era porque la cosa no iba a ser fácil. Eso hacía que me sintiera algo más pesimista.
-Entonces hagámoslo.

Erianel caminaba junto a Fio a paso relajado, por los oscuros pasillos del Castillo. Su presencia le era grata y a la vez desagradable. Por un lado era una cara conocida. Por otro, sentía que algo había cambiado en ella, algo más allá de su piel.
-¿Dónde me llevas, Fio?-La interrogó.
La interpelada no respondió y Erianel la miró de soslayo, evaluando su expresión impasible.
-Disculpa.-Insistió, tras aclarar la voz con un suave carraspeo.
Fio no le miró en ningún momento, pero habló con su voz fría y seca.
-Eclipse ha pedido que te lleven con él. Está esperándote en su aposento.
La imagen del vampiro acudió a la mente del semielfo, que se llenó de inmediato interés.
-Eclipse...-Susurró.-Él me trajo aquí, ¿verdad?
Fio no contestó a la pregunta, pero Erianel interpretó su silencio como una confirmación. Estaba confuso. Creía que le habían llevado allí como rehén, con la intención de atraer a Eerie al castillo. No obstante, no le pasaba por alto que sólo Fio había hecho mención de su amigo. Nadie más le había interrogado al respecto. Aquello le hacía dudar de la verdadera naturaleza de su encarcelamiento.
Demasiadas preguntas.
La chica se detuvo ante la puerta de la que, supuso Erianel, sería la habitación de Eclipse. Se encontraba al final de un largo corredor, iluminado sólo por un par de antorchas.
-Es aquí. No le hagas esperar.-Luego se giró con su característica brusquedad, dejando atrás al muchacho.
Erianel la contempló alejarse y profirió un suspiro al verla desaparecer escaleras arriba.
-¿Qué te han hecho?-Preguntó para sí, entristecido.
No había tiempo para eso ahora, lo importante era buscar respuestas. Estaba seguro que tras la puerta las hallaría. Se giró, decidido, y exhaló tanto aire como pudo, tratando de relajarse y mantenerse sereno, pues sabía que, al abrir la puerta, divisaría el rostro de Eerie, aunque no fuera él realmente.
Rodeó el pomo con los dedos y, nervioso, lo giró. La puerta se abrió de forma silenciosa, permitiendo al semielfo entrar en la habitación, lúgubre y oscura. Cerró tras de sí con cuidado, conteniendo la inquietud, sin ver más allá de sus narices. La luz del astro lunar, que penetraba a través de las cristaleras del fondo, era insuficiente para revelarle la estancia al completo, iluminando sólo al fondo.
-¿Hola?-Alzó su voz entre las tinieblas, esperando respuesta.
Un relámpago rompió el silencio, sobresaltándole y abriéndose paso entre la oscuridad. Mostró, por una décima de segundo, el rostro de un muchacho de cabellos rubios, apoyado contra un armario de madera de roble. Su figura era menuda y frágil, como la de Eerie. De hecho, eran idénticos.
-¿Eclipse? ¿Eres tú?
-Sí.-Confirmó, con frialdad.-Acércate.
Avanzó un paso más hacia el punto dónde había divisado la figura. Tenía muchas preguntas que hacer, pero las haría poco a poco. No quería que aquella conversación finalizara sin haber aclarado, al menos, una parte de sus dudas. Se movió con cautela, como si tuviese miedo de hacer un movimiento brusco que alterase a Eclipse.
-¿Por qué nunca me dijiste tu nombre? Yo te di el mío en cuanto tuve ocasión.
-Los siervos no tienen por qué conocer el nombre de su señor, sólo servirlo.
Erianel frunció el ceño, confuso. Aquella respuesta había sido completamente inesperada y no supo como interpretarla.
-¿Pretendes convertirme en tu esclavo o algo así? ¿Para eso me has traído aquí?
Oyó la risa irónica de su interlocutor entre las sombras y un escalofrío le recorrió el espinazo. Su risa era igual a la de Eerie.
-¿Creías que beber la sangre de un vampiro es un mero rito de cortesía?
El rostro de Erianel se contrajo, confuso
¿Beber sangre? ¿Cómo? ¡Él no había bebido más que agua!
-No comprendo...-Avanzó un paso más, a ciegas.- ¿Sangre...? ¡Yo no he bebido sangre de nadie!
Su interlocutor, entre las sombras, emitió un suspiro que parecía de alivio. Aquello desconcertó aún más a Erianel, cuyo nerviosismo aumentaba por segundos.
-¡Menos mal!-Le oyó mascullar, un segundo más tarde. Su voz ya no sonaba como antes, ahora era mucho más cercana, más amistosa.
Realmente se parecía mucho a Eerie, de hecho, de no estar advertido por la experiencia, volvería a confundirlo de nuevo al oírle hablar con ese tono tan propio de él.
-Disculpa pero...-Frunció el ceño.-No comprendo nada.
Pronto, sintió un par de brazos a su alrededor, sujetándose a él con fuerza...Y calidez. Aquel no era Eclipse. Eclipse era frío como un cono de hielo.
-Tú no eres él...-Susurró.-Él era...
-Sí, ya lo he experimentado en carne propia.
Sintió como hundía la cara contra su pecho.
-Si no eres él. Entonces...
Se le hizo un nudo en la garganta. Lo apartó con delicadeza, para examinarlo con mayor facilidad.
-¿Eerie?-Me llamó, confuso.- ¿Eres tú?
-Creí que nunca volvería a verte.-Le respondí con un gimoteo.
Me abrazó con fuerza, perdiendo de nuevo mi rostro entre sus brazos. El corazón iba a escapárseme de la emoción.
-¿Cómo has...?-Trató de interrogarme. Casi podía ver en mi mente la sonrisa en sus labios.
-No hay mucho tiempo, Erian.-Le interrumpí, tratando de recuperar la compostura.-El verdadero Eclipse volverá en cuanto consiga reponerse, y para cuando lo haga debemos estar lejos de aquí.
Le vi asentir, gracias a la luz de un nuevo relámpago. Quedé fascinado por el hecho de poder sentirle con el tacto. Realmente, era la primera vez que sentía el calor de un abrazo suyo. Decidí que me gustaba.
-¿Cómo has llegado aquí? ¿Y dónde está el verdadero Eclipse. No comprendo nada.-Frunció el ceño, confuso.
-Yo tampoco comprendo muchas cosas, Erian. Pero ya tendremos tiempo de pararnos a atar cabos. Ahora debemos irnos de aquí.
-Confío en ti.-Susurró.-Sólo una cosa más.
-Pero rápido.-Le insté.
Y percibí aquel tono torturado que utilizaba sólo cuando se sentía terriblemente mal. Me tomo de las manos.
-¿Me perdonas? Jamás pensé que podría causar tantos problemas. Lo hice porque, cuando te negaste a intentar regresar, me sentí traicionado, pensé que no querías volver y...Traté de obligarte a ello, a que vinieras a buscarme. Comprendo que fue un acto egoísta y me arrepiento de ello. No tenía derecho a actuar como actué.
Negué con fuerza y apreté sus manos con fuerzas entre las mías.
-Erian, si no fuera por ti jamás hubiera regresado a Stellea. Tengo que darte las gracias por darme un motivo de peso para regresar… Y con todo lo que has hecho por mí durante este tiempo, hoy por hoy, te debo más de lo que tendría que disculparte. Estabas perdonado antes de cometer el error.
Erianel suspiró.
-Todo podría haber sido mucho más sencillo de lo que ha sido.
-Claro que podría. Pero no nos lamentemos aún. Esto puede tener un buen final si nos damos prisa.
Le solté con delicadeza y me dirigí a la puerta con un par de zancadas.
-Vayámonos de aquí de una vez
Respiré hondo y atravesé el umbral, esperando a que Erianel me siguiera.
Asomó un segundo después, dejándome ver su rostro con total claridad por primera vez desde hacía ya varios días. Sonrió a medias, con la vista fija en mí.
-¿Qué miras?
-No te queda mal ese color de pelo.
 -Parte del disfraz.-Me eché un vistazo a mí mismo, vestido con las ropas que, anteriormente, había visto llevar a mi doble.
Avancé a lo largo del pasillo a paso ligero, seguido por el semielfo.
-Tienes que explicarme cómo has conseguido un plan de rescate tan perfecto.-Susurró.
Giré a la izquierda, seguido por él.
-Prometido.-Asentí.-En cuanto estemos delante de un buen desayuno.
Bajé el primer escalón de las escaleras que conducían a una planta inferior. Recordaba poco desde la última vez que había estado en aquel siniestro Panteón, pero lo suficiente como para orientarme hacia la salida que tenía planeado utilizar. Aún así, tardaríamos un buen rato en llegar hasta ella.
Al bajar el último escalón, me detuve a contemplar a un hombre de mediana edad, canoso y con facciones duras y huesudas. Sujetaba una escoba sucia y ennegrecida, con la que barría el suelo de piedra del pasillo. Me miró por encima del hombro, con cautela, como una presa contempla a su cazador. Mis ojos se cruzaron con los suyos, cosa que pareció pillarle por sorpresa y, acto seguido, se inclinó con respeto y nerviosismo, para luego esfumarse por una puerta chirriante y ruidosa, arrastrando la polvorienta escoba tras de sí.
-Pues sí que te temen.-Observó Erianel, patidifuso.
-Bien que hacen.
-Ese Eclipse parece un ejemplar digno de respeto.


Aumenté el ritmo y Erianel me siguió de cerca.
A medida que los habitantes del castillo se cruzaban en nuestro camino, se retiraban al intuir mi mirada sobre ellos, atemorizados. Me sorprendió sentir que aquello me gustaba, y me reprendí a mí mismo interiormente. Siempre había sabido que el poder era seductor, pero al experimentarlo después de tanto tiempo, parecía aún más hechizante y empalagoso.
-¿Falta demasiado para que salgamos de aquí?-Susurró unos minutos más tarde, mientras bajábamos por una escalera.
-No, no demasiado.-Le respondí, también impaciente.-Escaparemos por las cloacas. Es la única forma de que nos reunamos con los demás sin que sean vistos. Si lo hacemos por la puerta principal resultará demasiado sospechoso.
Guardó silencio, pensativo. Volví a mirarle, pero esta vez no se percató, sumergido en sus propias cavilaciones.
Continuamos el resto del trayecto en absoluto silencio. Personalmente, esperaba algunos contratiempos más que aquellos a los que había tenido que enfrentarme: Ninguno. Parecía que la suerte se había puesto por fin de mi lado y que, en menos de un par de minutos, estaríamos fuera de allí.
Abrí con brusquedad la puerta que conducía a las cloacas, tras asegurarme de que nadie nos miraba. Erianel entró primero por petición mía, después volví a cerrar con la misma rudeza que abrí. Aquel paraje, a diferencia del resto del castillo, no estaba iluminado en absoluto, por lo que, colocando la palma de la mano derecha hacia arriba y apartándola de mi rostro lo necesario, hice brotar una llamarada de ella, que, mágicamente, iluminó el camino con su fulgor purpúreo.
-Queda poco.-Le alenté.
Erianel asintió, optimista.
-Tenía ganas de verte usar de nuevo la magia.-Comentó.
El pasadizo, cuesta abajo, era estrecho y húmedo. Podía respirarse un aroma mefítico y desagradable, que hubiera sido de mayor intensidad de no encontrarse allí mi llamarada, apartando las sombras y quemando el aire contaminado por los residuos.
La estancia se ensanchó considerablemente al finalizar la cuesta abajo, y podía oírse el sonido de las olas chocar contra las rocas. También el olor había cambiado, tomando ahora un matiz a sal y yodo. El panteón de la bruma estaba construido sobre un gigantesco risco, rodeado de agua salada. A menos de un kilómetro al norte, se hallaba el inmenso mar. Aquellos fosos conectaban directamente con el exterior. Lo que pretendía era encontrar una forma de salir del panteón mientras la marea estuviera baja. Allá afuera, cerca de las rocas costeras, me esperaban los demás, listos para escapar de las tierras del norte. Avancé despacio, ya cantando victoria. Tenía por fin a Erianel a mi lado y la salida improvisada estaba a pocos metros. Nada podía fallar ya, o al menos era poco probable. Había que tener mucha mala suerte para que los imprevistos se presentaran ya a pocos pasos del final de mi plan.
-Es ahí.-Señalé a un enorme hueco en el suelo de piedra, por el cual ascendía el sonido de las olas.
-¿La caída es muy larga?-Se preguntó Erianel, asomando al borde.
-Si te partes algo siempre puedes sanarte con algún hechizo.-Bromeé.
Erianel sonrió a medias nuevamente.
-Habré perdido práctica con eso. Estoy seguro.
Me asomé al borde, colocándome a su lado. Abajo no podía verse más que arena húmeda.
Exhalé aire, despacio, y le dediqué una sonrisa escueta, girándome hacia él, que me devolvió el gesto, con un asentimiento.
-Saltemos.-Enarcó una ceja y frunció los labios, pensativo.
-Es una buena caída.-Comenté.
-No tendrás ningún problema.-Contestó él, sonriéndome.
La llama que emergía de mi mano derecha desapareció, dando paso a la oscuridad.
Me disponía ya a saltar, cuando, repentinamente, una sensación extraña me invadió. Sentí una presencia a poca distancia de mi espalda, por lo que me giré rápidamente, alerta. Me disponía a acabar con mi presa lanzando un hechizo ofensivo contra ella.
-¡Espera!-Me paró Erianel, interponiendo su brazo en mi camino.-Es Fio.
-¿Fio?-Le miré con el ceño fruncido.- ¿Qué estás diciendo?
No respondió, en su lugar, lo hizo la voz de mi hermana.
-Cuanto tiempo, Eerie.
-¡Fio!-La llamé, con ingenuidad y una sonrisa.- ¡Estás viva!
Traté de avanzar, pero Erianel me lo impidió.
-No es la misma Fio que conocimos.-Explicó.-No te separes de mí.
Mi rostro se contrajo, presa de la incredulidad. Volví a iluminarlo todo con fuego para ver el rostro de mi hermana.
-Eclipse debió hacerte beber su sangre tal y como le indiqué. Ahora ya no hay remedio.-Se dirigió a Erianel, atravesándole con sus ojos azul eléctrico.-Te ha perdido de una forma bastante estúpida.
Mi expresión pasó de incredulidad a incomprensión.
-Fio, ¿qué tienes que ver tú con ese vampiro? ¿Y qué interés tiene él en Erianel?
Tardó varios segundos en responder, segundos en los cuales, adiviné cual era el motivo por el que irradiaba aquel aura de frialdad, y por qué Erianel insistía tanto en mantener las distancias con ella.
-Estoy a sus órdenes.-Afirmó. Pero había algo más en esa afirmación.-. En cuanto al elfo, ni yo sé cual es el motivo que despierta tal fascinación en él. Tampoco es que sea para tanto.
Me dio la impresión de que estuviese celosa.
-Te ha hecho beber de su sangre.-Comprendí, susurrando para mí mismo. Pero al parecer, me oyó.
-¿Y qué si lo hizo?-Rugió.
-¿Qué quiere decir eso?-Interrogó Erianel.
-Cuando bebes de la sangre de un vampiro, te sometes a su voluntad por completo, como por obra de un hechizo.-Le expliqué. Lo llaman lazo de sangre. Malditas sanguijuelas…
-Muestra más respeto.-Me instó Fio, atravesándome con su mirada de hierro.-No perdonaré que le insultes de nuevo.
-Tranquila, Fio. Volveré para liberarte del hechizo.-Le prometí.
-Métete en tus asuntos si quieres seguir con vida, Eerie. Es un consejo.
-¿Por qué estás aquí, Fio?-La interrogó Erianel.- ¿Has venido para luchar?
Por un momento, temí que la chica asintiera y tuviera que enfrentarme a mi propia hermana, cosa que terminaría de destrozar mi moral aquel día, pero por suerte, no fue el caso.
-No soy tan necia como para robarle vuestra sangre a Eclipse, que tanto la desea. No me arriesgaré a decepcionarle poniéndoos una mano encima. Si he venido es para advertirte, Eerie, de que haré todo lo que sea para ayudarle a acabar contigo y finalizar así el sufrimiento que le provocas.
-La que habla no es mi hermana. Así que cállate seas quien seas. Me pones enfermo.-La atravesé con la mirada, alterado.
-La ayudaremos.-Me susurró Erianel.-Pero ahora debemos irnos, ¿recuerdas? Eclipse volverá.
Asentí dirigiendo una mirada a Erianel.
Después volví a mirar a mi hermana y suspiré.
-Perdóname, Fio. Por haber tardado tanto en regresar.
Su figura desapareció. Me detuve un instante a contemplar las sombras en las que mi hermana acababa de diluirse.
Me contuve para no gritar su nombre y correr a buscarla por el castillo. Pero, antes de saltar, me prometí a mí mismo que la libraría del hechizo al que la había sometido mi gemelo vampírico, costara lo que costara.

Caminamos juntos por la arena. Ya a pocos metros podía ver a Alfa e Isseon, junto a los gemelos Rhysttas, que habían formado un círculo perfecto, dejando un par de huecos, que sabía que deberíamos ocupar Erianel y yo según el plan. Corrí junto al semielfo, atravesando la arena, tratando de no pensar en nada, de aislar todas las emociones en un rincón remoto de mi mente, donde no pudieran afectarme.
-¡Eerie!-Sonrió Annette, al verme llegar.
Repasé a todos con la mirada. Parecían llenos de júbilo por ver el éxito de mi plan.
-Más tarde haré las presentaciones. Ahora vamos a salir de este infierno.-Sugerí.
Mientras hablaba, el disfraz que me había proporcionado el zorro con su magia ilusionista, se esfumó. Y sonreí al animal, dándole las gracias con inclinación de cabeza.
-¿Cómo vamos a hacerlo?-Quiso saber Erianel.
Alfa fue bastante breve con la explicación.
-Traje un orbe hechizado.-Señaló al centro del círculo que formábamos los presentes, donde reposaba una piedra color caoba engarzada en oro.-Nos devolverá a Kaelpolis enseguida.
-Cuando queráis.-Insté, impaciente por alejarme de aquel lugar.
Eché un vistazo al panteón, que se hallaba a mi espalda, alzándose cual funesta sombra sobre el mar.
Sabía que tendría que volver algún día, aunque no me gustase la idea.

Cuando la luz del orbe se disipó, la claridad proyectada por una gigantesca luna llena contrajo mis pupilas y el olor a incienso invadió mis fosas nasales. En cualquier otra situación me hubiera quejado por aquel aroma empalagoso, en aquella lo agradecí, puesto que anunciaba lo que sería un buen descanso después de tanto alboroto.
Contemplé las colosales escaleras de piedra blanca del templo, sobre las cuales, Jules nos esperaba, con su mirada extraviada. El viento nocturno jugaba con sus cabellos de oro que, majestuosos, bailaban junto con las telas de su toga. Alfa recogió el orbe y, seguida de cerca por Isseon, comenzó el ascenso camino de la mujer.
-Qué dama tan hermosa.-Observó Kelryn.
Erianel asintió.
-Parece una Diosa.-Corroboró Annette.
Sin mediar palabra, subí el primer escalón de piedra. Me di cuenta de que estaba más cansado de lo que creía en cuanto mis gemelos volvieron a quejarse. Definitivamente tomaría un descanso cuanto antes.
-Me alegro de sentir nuevamente su presencia a mi lado, alteza.-Decía la sacerdotisa en el momento en que, seguido por los gemelos y el semielfo, subía el último trecho. Repentinamente, dibujó una sonrisa escueta en sus labios, finos como un par de pétalos de flor.-Las ánimas le dan la bienvenida al templo, Guerrero del eclipse, y también a tus valientes amigos.
Su mirada perdida me hizo estremecer, pero enseguida respondí con entereza, tras inclinarme en forma de reverencia.
-Saludo a las ánimas y también a usted, Lady Jules. Estos son los Annette y Kelryn, hijos del conde Rhysttas. Y ya conoces a Erianel el semielfo.
Asintió la ciega con calma, para luego girarse hacia el templo de las ánimas y avanzar por el camino de baldosas blancas. La seguimos en silencio, aunque advertí la curiosidad en el rostro de Annette, sedienta de preguntas, y la extrañeza en el semblante de Kelryn, confundido por la peculiaridad de la mujer. Erianel, al igual que yo, ya estaba acostumbrado a las rarezas de Jules, por lo que su expresión fue de tranquilidad mientras avanzaba hacia la capilla. Justo ante los portones, la sacerdotisa se detuvo y giró hacia nosotros, con la mirada perdida en el cielo.
-Percibo vuestro cansancio.-Dijo.
Asentí, aún a sabiendas de que no vería el gesto.
-Ha sido un viaje duro. Si no fuera por su alteza quizá Erianel seguiría preso en el panteón y tanto los mellizos como yo hubiéramos sido la cena de una manada de lobos hambrientos.
-¡No me llames alteza!-Me regañó Alfa.-Trátame como a una más, por favor.
-Está bien.-Acepté.-Sólo trataba de ser educado.
Jules sonrió con su característica delicadeza, antes de dar su veredicto.
-Alteza, regresará de inmediato a palacio y descansará durante veinticuatro horas, después obtendrá su veredicto.-La princesa asintió y yo la miré con suspicacia. Tenía curiosidad por saber de qué hablaba la sacerdotisa.-A los recién llegados, se os ofrecerá alimento y cobijo durante el tiempo que sea necesario, mientras las ánimas lo permitan.
-Muchísimas gracias.-Agradeció Erianel, con una inclinación de cabeza.
Jules asintió.
-Yo debo retirarme. No es bueno hacerlas esperar. Isseon os mostrará el camino a las habitaciones. Que Lumina esté con vosotros, valientes guerreros.
La mujer se adentró en el templo, ante nuestra atenta mirada. Cuando hubo quedado fuera de nuestra vista, Alfa sonrió complacida.
En todo caso, Alfa ¿Qué es eso tan importante que Jules tiene que decirte?
-Mañana lo sabréis.
La miré con ceño, curioso.
-Hasta mañana entonces.
Sonrió y acarició el lomo de Isseon, quien la atravesó con sus ojos zafiro.
-Adiós a ti también Isseon.
-Alfa.-Annette dirigió la mirada al zorro blanco.-Pensaba que Isseon era tuyo.
-No deberías hablar de Ísseon como de una mascota.
Annette frunció el ceño, sin comprender.
-Lo siento.
Se arrodilló junto a Isseon y acarició la parte inferior de su mandíbula. En respuesta, el zorro comenzó a agitar la cola con parsimonia.
-Isseon es un centurión.
Miré los enormes ojos azules del animal. Ahora todo cobraba sentido.
-He leído sobre las criaturas llamadas centuriones. Dicen que son seres con un gran poder otorgado por las ánimas que protegen los templos con su vida.-Explicó Annette, para que Kelryn lo comprendiese.
-Ahora tengo que irme, pero nos veremos mañana al amanecer.-Se despidió Alfa.-Ha sido un placer conoceros a todos.
Hizo una reverencia y se alejó a zancadas, camino de las escaleras.
-¿No es un poco peculiar?-Se preguntó Kelryn.
-Hay algo en ella que me llama la atención.-Erianel se rascó el mentón, pensativo.
Le miré con curiosidad, y Annette y Kelryn me imitaron.
-Actúa en contra de su instinto. Se esfuerza por reprimir algunos impulsos.
Enarqué una ceja, divertido.
-Deja la telepatía en paz, es de mala educación.
Él pestañeó y negó efusivamente.
-Te prometo que no lo hice a propósito.
Solté una risotada.
-¡Siempre dices lo mismo! Ya no te creo
Annette y Kelryn se miraron entre sí. Luego Annette hizo la pregunta ya esperada.
-¿Telepatía?
Erianel asintió con una sonrisa.
-Erian puede leer la mente.-Expliqué.-Los elfos tienen facilidad para ello.
Annette estaba boquiabierta, mientras que su hermano fruncía los labios, algo irritado.
-Entonces puedes saber todo lo que pienso.-Comprendió Kelryn.- ¿Todo todo?
Erianel asintió y Kelryn le miró con cierta agresividad, aunque cualquiera se hubiera dado cuenta de que realmente no haría daño a una mosca.
-Ahora que caigo, no os he presentado como es debido. Verás, Erianel: Estos son Annette y Kelryn Rhysttas, de la ciudadela de Nyithia. A ellos ya les he hablado un poco de ti, así que...
Erianel sonrió escuetamente y tendió la mano hacia Kelryn, quien la examinó cuidadosamente antes de envolverla con la suya.
-Encantado de conoceros.-Dijo el semielfo.
-Igualmente.-Le contestó Annette, inclinando la cabeza.
Miré al zorro, que observaba la escena en calma, agitando su cola blanca de un lado a otro, siguiendo un ritmo constante y tranquilizador.
-Isseon, disculpa la espera ¿serías tan amable de guiarnos a nuestros aposentos?

Antes de irnos a dormir aquella noche visitamos los baños termales del templo, para librarnos del sudor, el barro y el estrés.
De haber sido de día hubiera puesto pegas a la hora de meterme desnudo en el agua cristalina con Erianel y Kelryn cerca, pero las sombras hacían que fuese mucho menos incómodo.
-¿Qué haréis Annette y tú?-Le pregunté a Kelryn, durante el baño.-Ahora que ya sabemos las intenciones de Eclipse podríais volver a casa. No os molestará.
Kelryn se encogió de hombros.
-Supongo que volveremos. No tenemos nada que hacer aquí.
Asentí, conforme.
-Si volvéis me gustaría acompañaros en el viaje.-Le dije.-Quizá su alteza, el príncipe Iwan, tenga información que me interesa.
-Y seguro que mi padre querrá darte las gracias.-Sonrió.-Estará realmente preocupado después de todo esto.
Suspiré.
-Siento todo el alboroto en el que os he involucrado. Debí marcharme en cuanto desperté y así hubiera evitado...
-No.-Me interrumpió.-Si no hubiera sido porque te alimentamos adecuadamente y explicado tu situación, Eclipse te hubiera matado y jamás hubieras rescatado a Erianel.-Miró al semielfo de soslayo.-Sólo actuamos como nos dijo la ética, nada más.
-Tienes razón. Os debo la vida.-Le dije.
-Yo también debo daros las gracias.-Erianel rompió su silencio.-Todo esto ha sido por mi culpa y habéis cuidado muy bien de Eerie en mi lugar.
El semielfo agachó la cabeza y me miró por el rabillo del ojo con expresión torturada. Le sonreí escuetamente.
-Te dije que no te culpaba de nada.
Tenía a Erianel a pocos centímetros a mi izquierda, tomando un baño de lo más relajante, como si nada hubiera ocurrido en los últimos días. Me daba igual quién tuviese la culpa.
-¿De veras perdiste la memoria?-Me preguntó Kelryn un poco después, cogiéndome de improviso.
Vi como Erianel pestañeaba, interesado por el nuevo tema de conversación.
-No.-Admití.-Es...Algo complicado.
El muchacho frunció el ceño.
-Vamos, cuéntame. Mi hermana también querrá saberlo tarde o temprano y quiero tener el placer de ser yo quien se lo diga.
Elevó las cejas pícaramente y sonrió mostrando su blanca dentadura.
-Así que buscando información de la que fardar.-Le mostré una mueca perspicaz.
Asintió con efusividad.
-Lo único que te diré es que he permanecido dos años en el exilio y por eso no tenía ni idea de lo ocurrido con Lloelm y Nyithia.
-Tampoco yo sé nada.-Erianel me miró con curiosidad y pestañeó.
Le expliqué lo ocurrido con el Rey de Lloelm, el problema con su misteriosa esposa, Eterna, y como había tratado de asesinar al príncipe Iwan, haciendo estallar así la guerra civil.
-Después.-Continué con el relato.-Los rebeldes se marcharon de Lloelm y se asentaron en Nyithia, que fue reconstruida con la magia de una poderosa bruja.
Erianel volvió a pestañear.
-¿Existe alguien tan poderoso como para reconstruir una ciudad entera con magia?
-Tú la conoces.-Afirmé.
Enarcó ambas cejas, pensativo, mientras Kelryn nos miraba con extrañeza
-La única bruja a la que conozco es Mina y ella...
-Y no sabemos su paradero.-Le interrumpí.-Pero no está muerta, Erian. Estoy completamente seguro de que fue mi hermana quien reconstruyó Nyithia. No puede ser de otra forma.
Erianel asintió.
-Tiene mucho sentido.
-¿Es tu hermana? Eso explica por qué era tan poderosa.
Sonreí abiertamente antes de cerrar los ojos y relajarme. Exhalé aire despacio y volví a soltarlo, sintiendo como, por fin, todos mis músculos se destensaban. Por un momento conseguí olvidarme de dónde estaba, de todo lo que había ocurrido y todas las respuestas que debía encontrar. ¿De dónde había salido mi doble vampírico? ¿Con qué motivo se había llevado a Erianel? ¿Cómo iba a liberar a Fio de su hechizo? ¿Era Eclipse realmente un enemigo más? Y si lo era, ¿Sabrían a estas alturas el resto de mis refractarios que yo había regresado? ¿Dónde estaba Mina?
Algún tipo de catástrofe tendría lugar en menos de tres semanas ¿Hasta qué punto era trascendental? ¿Qué podía hacer para evitarlo?
Mi mente comenzó a desvariar, viajando de un pensamiento a otro sin ton ni son, emponzoñada por el cansancio.
-Eerie.-Me llamó Erianel, imprevistamente más cerca.
Sentí su mano sobre la mía y abrí los ojos casi con sobresalto.
-Erian.-Le sonreí. Él me devolvió la sonrisa y señaló a Kelryn con la cabeza.
El joven había sucumbido al sueño antes que yo y permanecía con la boca cómicamente abierta de par en par.
-No me parecía adecuado despertarle.-Se explicó.-Será mejor que lo hagas tú.
-Déjale descansar un poco.-Sugerí.-Había algo de lo que querías hablar conmigo ¿No es así?
Erianel asintió, mucho más sereno al momento.
-Es sobre Eclipse y mi estancia en el Panteón.-Le miré con curiosidad, instándole a continuar.-Creo que Eclipse me raptó por iniciativa propia, sin consultar con el resto de sus compañeros, y que ni siquiera sabía quién era yo.
El semielfo se detuvo y apartó un mechón de su flequillo mojado, colocándolo tras una de sus puntiagudas orejas. Yo asentí, pensativo.
-Es extraña la forma en que Eclipse consiguió hallarme en el pantano, como si pudiera encontrarme allá donde fuera… ¿Quizá fue de esa forma como dio contigo?
-No lo sé. Eclipse me tendió una trampa haciéndose pasar por ti para llevarme al Panteón. Pensé que iban a torturarme y a sacarme información acerca de tu paradero, pero todos actuaban como si yo no tuviera importancia alguna, como si estuviera allí por puro capricho de Eclipse...Sólo Fio preguntó por ti. Estaba furiosa, pero me parece que, en realidad tenía miedo, miedo por algo o alguien. Quizá sólo quería evitar que hicieras daño a Eclipse.
Contemplé el semblante de Erianel, que se esforzaba por comprender la situación en su profundidad.
-Relájate, Erian.
Estiré la mano, dudoso, dirigiéndola hacia su cabello. El chico suspiró, abatido. No obstante, cuando sintió mis dedos entre los mechones de su pelo me sonrió y después cerró los ojos, relajado.

Estaba tan cansado que no soñé nada durante las aproximadamente seis horas que dormí, y cuando desperté, el sol del mediodía penetraba a través de las cortinas cerradas. Un olor agradable inundaba mis fosas nasales, y busqué su origen, adormilado.
-Buenos días, Eerie.-Me saludó Erianel.
Era él quien olía tan bien.
-Buenos días.-Le sonreí. Sorprendido por encontrarle en mi cama.
Su cuerpo descansaba a pocos centímetros del mío, y sus ojos estaban fijos en mí.
Correspondió a mi sonrisa con una suya y besó mi frente. Me ruboricé de inmediato y busqué a Annette y Kelryn, temeroso de que estuvieran siendo espectadores, pero ni él ni ella estaban allí.
-¿Dónde...?-Inquirí.
-Hace rato que se fueron.
-Deberías haberme despertado, o al menos haber ido con ellos.
Negó, mirándome con ternura.
-Me gusta verte dormir. Además, quería quedarme un rato a solas contigo.
El corazón me dio un vuelco, y mi respiración se aceleró.
-Pues ya estamos solos.-Le sonreí.
Él asintió.
-¿Y bien?-Inquirí, con cierta impaciencia.
-¿Qué?-Se encogió de hombros.
-Ibas a decir algo, pero te has arrepentido en el último momento.
Erianel se levantó repentinamente y me tendió una mano. Parecía que quería evadir el tema.
-Tengo hambre ¿Tú no?
Enarqué una ceja a la par que aceptaba su ayuda para levantarme.
-Me comería una vaca.
-Entonces vístete. Te espero fuera.

El sonido de sus pasos era el único que rompía el silencio sepulcral del panteón. Poco tardó la rubia en cruzar el pasillo y llamar a la puerta de madera, golpeándola con suavidad.
-He dicho que no quiero ver a nadie.-Rugió una voz furiosa, al otro lado.
La chica suspiró.
-No puedes encerrarte ahí de por vida.
-Claro que puedo, Ruby. No estoy vivo, así que márchate o me encargaré de que tú tampoco.
Ruby masculló una palabrota y, al cabo de unos segundos, insistió.
-Voy a entrar.-Amenazó.
-No, no lo harás.
Puso los ojos en blanco.
-Entonces me quedaré justo aquí hasta que decidas salir.
Acto seguido, apoyó su espalda contra la pared de piedra. Al cabo de pocos segundos, un rugido emergió del interior de la habitación y la puerta se abrió despacio y silenciosamente.
-Entra.-La invitó la voz de Eclipse.
-Con permiso.
Una sonrisa de victoria se dibujó en los labios de la dama antes de cruzar el umbral y cerrar tras de sí.
La oscuridad cubría todo y las cortinas estaban completamente cerradas Aquella era una de las pocas ocasiones en que el sol conseguía salir de entre las nubes del pantano. Ruby buscó a ciegas la cama y, cuando la encontró, tomó asiento al borde, intuyendo, por el frío que transmitía su presencia, que Eclipse se encontraría tumbado sobre ella.
-¿Por qué no enciendes alguna vela? Esto es realmente molesto.
-Soy un vampiro, no me gusta la luz.-Le espetó.
Ruby se encogió de hombros.
En realidad, las quemaduras provocadas por la luz irradiada de Isseon en la reciente batalla, habían dejado huella en la piel, ahora repleta de quemaduras, del vampiro. No quería dejar que la chica viera sus heridas. Eso sería demasiado embarazoso y destruiría su reputación de guerrero imparable, la cual quería conservar a costa de todo.
-¿Sabes? Lady Shira parece estar muy molesta contigo. Sea cual sea el motivo por el que trajiste aquí al elfo, nos afecta a todos. Ahora que ha escapado puede revelar nuestra posición.-Dijo Ruby.-Si Lady Shira le encuentra le matará.
-No le encontrará.-Respondió el vampiro. Un sonido ronco emergió de su garganta, similar al de un tigre al rugir.-¿Y qué más da si nos encuentra?
Ruby enarcó una ceja en mitad de la oscuridad.
-Podrían exterminaros como si se tratara de una ratonera.
-No lo harán.-Replicó.
Ruby resopló.
-¿Cómo estás tan seguro?
-No les voy a dejar tiempo suficiente para delatarnos.
Su interlocutora sonrió con satisfacción.
-Tal y como pensaba. Tienes planeado convertirlo en tu siervo, al igual que a Fio.
-Sí. Eso mismo acabo de decir.
-Te ayudaré a capturarle.-Se ofreció.
-¿Crees que a Eternia le hará gracia que hagas algo sin consultarla? Además, no puedo arriesgarme a que alguno de sus espectros metomentodo te siga. Si tu hermana llega a saber de la posición de Erianel de alguna forma, no dudará enviar alguno de sus siervos a por él, y no estoy dispuesto a perderle.
-¡Nadie va a seguirme! Mi hermana no tiene por qué enterarse-Se enfurruñó.-Y está claro que no conseguirás atraparle tú sólo de nuevo. Tendría que ser muy necio, y al escapar de aquí ha demostrado que no lo es.
De nuevo, Eclipse emitió un rugido
-Estoy seguro de que no escapó sólo. Ellos le ayudaron. Se dirigían hacia aquí...No puede ser una coincidencia.
Ruby frunció el ceño.
-¿De qué estás hablando?
-Te lo contaré todo, Ruby. Pero, a cambio de satisfacer tu curiosidad, me ayudarás en todo lo que te pida, sin rechistar ni hacer preguntas.
-Depende de qué me cuentes.
Eclipse esbozó una sonrisa que nadie pudo ver entre las sombras.
-Te va a gustar. Pero la reina no debe enterarse.
Ruby resopló.
-Ya te he dicho que no le diré nada a mi hermana.
-Entonces será mejor que tomes nota.

jueves, 17 de mayo de 2012

5 Géminis


5 Géminis

Fio Steel Apoyó el peso de su cuerpo contra la fría piedra de las paredes de aquel pasillo oscuro. Contemplaba la gran puerta del fondo, esperando con impaciencia a que se abriera para que llegase su turno. Mantuvo su expresión estoica mientras suspiraba y consultaba el reloj de bolsillo con un rápido gesto.
-Vaya, señorita Steel. Que grata sorpresa encontrarla aquí.-Aquella voz femenina era suave y dulce, como el canto de una sirena, pero a la par, tan fría y desoladora como un témpano de hielo.
Fio dirigió una mirada a su interlocutora, cuya presencia ya había advertido mucho antes, a pesar de no haberla oído ni visto, e inclinó la cabeza sin variar su mohín estoico. Ella la reverenció en respuesta.
-Percibo cierta tensión.-Canturreó.
Con un par de pasos ágiles, avanzó hasta colocarse ante Fio, que la desafió con la mirada.
La mujer que tenía ante sí era de una belleza incomparable. Su rostro de princesa de cuento contaba con facciones tan finas como las de un ángel y unos ojos tan azules y profundos como un lago. Sus orejas picudas dejaban clara su naturaleza élfica.
La elfa se apartó un mechón de su larga melena dorada, sonriente.
-No es asunto tuyo, Ruby.-Fio pronunció su nombre con crudeza.
-Acabaré sabiendo cualquier detalle de importancia, Fio.-Imitó el deje de la chica con tono burlón, mientras mostraba su blanca dentadura en una sonrisa pícara.
La maga la ignoró con notable estoicismo y Ruby apartó la mirada con aire desafiante. Entonces, le dio la espalda y caminó por el pasillo. Fio la observó con cautela y frialdad, sin exteriorizar la tensión que sentía.
-Es sobre el semielfo, ¿Verdad?-Adivinó, y clavó de nuevo sus congelantes ojos sobre Fio, triunfante.
Fio rugió entre dientes.
-No te importa.-Masculló.
Ruby profirió algo similar a un suspiro antes de proseguir.
-¿Te han dejado verle por fin?
No respondió, se limitó a cerrar los ojos e ignorarla.
-Ya veo que sí.-Rió con suficiencia.- ¿Y qué tal está? Siempre me he preguntado cómo será un medio elfo... ¿Tienen las orejas puntiagudas como nosotros? Seguro que son guapísimos. Quizá cuando Eclipse se canse de él le pida que me deje conservarle como estatua de hielo. Un espécimen así no se encuentra todos los días.
Fio continuó con su mutismo, por lo que Ruby optó por acompañarla en su silencio, apoyándose en la pared junto a ella.
-Oh, vamos, no seas aguafiestas. Sólo tengo curiosidad.
En respuesta, Fio sonrió con sarcasmo.
-Me temo que te quedarás con ella.-Le espetó.
La puerta en que terminaba el pasillo se abrió entonces, dejando salir de ella a un individuo encapuchado. Éste la cerró nuevamente.
Ambas dirigieron sus miradas al sujeto, que apartó la capucha de su rostro.
-¡Neil!-Lo saludó Ruby con un gesto de su mano izquierda, avanzando hacia él a zancadas.
Mientras observaba con aparente indiferencia cómo se abrazaban, Fío se cruzó de brazos, incómoda. Neil le dirigió entonces una mirada pícara, mientras la elfa se cobijaba entre sus brazos.
-Lady Shira está esperándote, Fio.-Dijo Neil.
Ella ni siquiera le contestó, miró al frente y avanzó por el oscuro pasillo, dejando a la parejita a sus espaldas.
-¿Qué mosca le habrá picado?-Bufó Ruby, una vez Fío había abandonado el pasillo.-Está realmente irritante.
Neil frunció los labios, componiendo una expresión de profundo desinterés.
-Seguro que tiene que ver con el elfo que Eclipse trajo al castillo. Lady Shira quería saber si ella sabe algo.
Ruby quedó pensativa unos segundos.
-Me pregunto con qué propósito lo habrá traído. No nos sirve para nada aquí dentro, excepto como comida si acaso, pero él no deja que los otros vampiros le toquen.-Frunció el ceño levemente.
-¿Quién sabe? Quizá Eclipse quiera reclutarle como hizo con Fio.-Neil movió las cejas arriba y abajo rápidamente un par de veces.
Ruby asintió con una sonrisa pícara.
-¿Y por qué Fio tenía tanto interés en verle?
-Eso ya no lo sé. Pero en cuanto le dije que lo teníamos aquí, mostró un interés excesivo. Incluso insistió en que lo alimentáramos correctamente, como si le importara.-Rió con sarcasmo.- ¿Sabes qué va a ser lo mejor, nena?
-Dímelo tú.
Neil le envolvió la cintura con los brazos, y ella le puso los brazos en torno al cuello. La nariz de Neil rozó la suya ligeramente.                       
-Pasemos de este tema. Incluso Lady Shira parece ya consternada por la actitud de Eclipse ¿Qué ganamos con comernos la cabeza tú y yo?
-Tienes razón.-Asintió, pensativa.-Mejor dedicarnos a cosas más divertidas.
Neil la soltó y dispuso el brazo, haciendo hueco para que la dama se agarrara a él.
-¿Le parecería divertido si la invito a una copa de Vino Lloelmniano, dama de hielo?
Ruby rió con su vocecilla de sirena y se aferró al brazo de su acompañante.
-¿Cómo rechazar una oferta así?

Todo parecía más oscuro a cada segundo que pasaba. Tenía la sensación de haber perdido mis pies en alguna parte entre la masa arbórea de aquel siniestro pantano. Cada paso hacía que mi respiración se acelerara y mis gemelos se quejaran, como si tuviera un par de inquilinos en la parte posterior de las piernas y me mordieran cada vez que osara levantarlas del suelo.
-¡Eerie!-Me llamó Kelryn entre jadeos, unos metros atrás.
Frené en seco, dejando que tanto él como su hermana me alcanzaran entre las sombras.
-Si paramos nos dará alcance.
-Pero si seguimos avanzando así, estaremos tan cansados que, en vez de rescatar a Erian, será él quien nos rescate a nosotros-Articuló Annette, con tantas dificultades para respirar como Kelryn.
-Tienes razón.-Me aparté el sudor de la frente y eché un vistazo en derredor.-Pero no podemos escondernos, creo que sabe donde estoy en todo momento. Hay que seguir avanzando.
-Pues buena la hemos hecho.-Kelryn dejó caer su peso contra el tronco de un árbol, doblándose por la cintura, a causa del cansancio.
-Tendremos que acabar con él.-Me encogí de hombros.
-¡Bromeas!-Annette me miró con incredulidad.
Mis ojos se cruzaron con los de ella en la penumbra, haciendo variar su expresión al instante.
-No bromeas...-Comprendió, con ceño.
Pero tampoco estaba completamente seguro de que aquella opción fuera la más sensata. No obstante, no podía seguir avanzando hacia la boca de un lobo cuando ya estaba dentro de la boca de otro.
-Tienes algún plan?-Me preguntó Kelryn.
Le miré cabizbajo y negué con la cabeza
-Lo siento. Os he metido en mis problemas.
-Me gustan los problemas.-Sonrió Annette.
Kelryn rió ante tal comentario.
-Masoquista.
-Cobarde.-Le contestó ella.
-¿Tenéis miedo?-Les pregunté.
Kelryn negó.
-Padre nos enseñó que a lo único que debes temer es a ti mismo.-Dijo Annette.
Suspiré.
-Más os vale. No puedo permitirme el lujo de morir aquí, porque hay quien me espera tras las sombras. Y vosotros vendréis conmigo a donde quiera que me lleve el destino, ya sea el infierno o el panteón de la bruma.
Ambos asintieron.
-Estoy lista.-Dijo ella, acariciando una de las plumas azules que ornamentaban sus flechas.
-Lucharemos.-Kelryn descolgó el arma de su espalda. El metal reflectó la luz verdosa de la Luna, filtrada por la frondosa capa de hojas.
Un fogonazo de energía tiñó de púrpura el claro.
Las dagas acudieron a mis manos tras él. Las hice girar, haciendo gala de destreza.
-Yo iré primero.
Aquel claro boscoso no era excesivamente frondoso, pero el suelo bajo nuestros pies me pareció excesivamente húmedo como para elegirlo por campo de combate, así que les guié algunos metros más al noroeste, en busca de un escenario adecuado.
Una espesa capa de ramas cubría el cielo, por lo que la luz que conseguía iluminar el nuevo claro era tenue. Era imposible ver más allá de los árboles, dispuestos en torno a nosotros, que hacían parecer un recinto cerrado aquel paraje desierto.
-No tardará en llegar.-Susurré.
Annette tomó asiento en una roca y se centró en el mantenimiento de su arco, mientras que Kelryn perdió la mirada en la oscuridad del horizonte, arma en mano.

Los minutos pasaron con lentitud. El pantano parecía diseñado para una película de terror. Un lugar sombrío, inexplorado y baldío. Aquel era un lugar del que se decía todo tipo de cosas desagradables, era el lugar donde habitaban los monstruos que los padres se inventaban para asustar a sus hijos.
Las sombras y el silencio pueden hacer mucho daño a la retorcida y frágil mente humana. Viajeros perdidos que jamás regresaban, las más aterradoras bestias que la imaginación fuera capaz de diseñar, historias de brujas, dragones custodio y princesas atrapadas en la piedra del panteón. Panteón que, todos creían, hacía ya siglos que se había derrumbado. Pero yo y algunos más sabíamos que aquello no era así. Y es que aquel era sin duda un lugar de ensueño para amantes de la magia negra, el ocultismo y la necromancia más oscura. Quizá fueran los escabrosos misterios de aquel desolador lugar lo que atraía tanto a aquellos con el corazón tan oscuro como el estaño, porque ¿Quién sabe qué secretos se ocultaban entre la niebla de aquel bosque?
No sería yo quien me quedara para desvelarlos. Al menos no era mi propósito en aquel momento.
Un crujido en la lejanía.
-Se acerca algo.-Anuncié. Mis dedos se tensaron en torno a las dagas.
-Lista.-Annette se puso en pie sobre la piedra. Había tensado una flecha y mantenía el arco bajo, preparada para apuntar y disparar.
-Cubre a Kelryn.-Le pedí. Ella asintió, conforme.
Esperaba una protesta por parte del chico, pero nunca llegó.
El segundo crujido no se hizo esperar, esta vez de una dirección completamente diferente.
-No lo entiendo...-Murmuré para mí mismo. Pero tal era el silencio que Kelryn me oyó.
-Tenemos más público del que esperábamos.
-Pues no recuerdo haber vendido ninguna entrada.-Dije con sarcasmo.
Un aullido. Resultó tan desmoralizador como lo hubiera sido una campanada fúnebre. Y es que aquello iba camino de convertirse en nuestro funeral.
Los ojos azul mar de un precioso cánido asomaron de entre las sombras, ante mí, acompañado por un quinteto de ojos más.
Sus rugidos eran como una canción que cantasen al unísono. Y no tenía una letra muy agradable.
-Licántropos.
Sin quererlo, había retrocedido tanto que mi espalda chocó contra la de Kelryn y tuve que buscar apoyo con el brazo derecho en la piedra sobre la que Annette apuntaba a las bestias.
-He contado quince.-Susurró la joven.
-La manada al completo.-Suspiré, recuperando el equilibrio.
Pronto nos habían rodeado, y manteniéndose a una distancia prudencial, mostraban sus blancas y afiladas dentaduras. Contemplé, maravillado, lo hermosos que eran aquellos lobos. No dejaban de parecerme fascinantes aún estando a punto de convertirme en su cena. Algunos tenían el lomo blanco como la nieve, otros tan oscuro que era difícil distinguir el pelaje entre las tinieblas.
-Van a atacarnos.-La voz de Annette sonó crispada por un segundo.
-No creo que vengan a jugar a que le tiremos un palito.-Masculló Kelryn, sarcástico.
-Concentración.-Les insté.-Tiene que haber alguna forma de distraerlos. Ayudadme a pensar.
-Tú eres el mago ¿Qué tal si invocas un chuletón de ternera gigante y les quitas el hambre?-Propuso Kelryn, jocoso.-Así no podrán comernos.
-Un hechizo contra múltiples objetivos no está en mi lista de acciones sensatas. Aún no me he recuperado del todo y no sé qué podría pasarme si utilizo un hechizo demasiado potente.
-Genial.
-Kelryn.-Le llamó Annette, entre dientes.-Si salimos de esta te dejaré hacer todos los chistes que quieras. Pero ahora, si eres tan amable, cierra el pico.
-Te tomo la palabra, hermana.
Volvieron a aullar, alzando el morro en dirección al cielo. Unos antes, otros después, componiendo una macabra melodía que, a cada eterno segundo que pasaba, conseguían helar más nuestra sangre.
-¿Alguna idea?-Consulté, desesperado.
-Correr.-Sugirió Kelryn.
-Rodeados, Kelryn, rodeados.-Le recordó Annette, mirando en derredor.
-Cinco para cada uno.-Sugerí.
Y me miraron como si acabara de decir una locura.
Los lobos habían comenzado a caminar en círculos, acortando la distancia cada vez más. Sus gruñidos amedrentadores resonaban en mi cabeza, sin dejar espacio alguno para la concentración...Y si no actuaba rápido se me echarían encima. Los segundos siguientes fueron eternos, mientras trataba de idear una forma de poner fin a la tortura.
Mis ojos se clavaron entonces sin quererlo sobre los de un enorme canino de pelambre blanco lunar. Sus ojos amarillentos me devolvieron la mirada con ferocidad. Contrajo aún más el morro, pasado un segundo, como si el contacto visual le hiciera enfurecer. Le sostuve la mirada, tratando de amedrentarle, pero la bestia no retrocedería con tal facilidad. Avanzó un paso por delante del resto de su manada, rugiendo con fiereza y mostrando los colmillos envueltos en saliva, rabioso como lo hubiera estado un vulgar perro de caza. Iba a atacarme, y lo haría ya.
Mis dedos se cerraron con mayor fuerza en torno a los mangos de las armas.
Por un momento, había olvidado que eran quince lobos y no sólo uno a los que me enfrentaba. Solo veía como las zarpas del licántropo se elevaban del suelo, directas hacia mí. Sus ojos vacíos de piedad me hicieron estremecer, temí por una décima de segundo y para cuando recuperé el control sobre mí mismo, el animal caía sobre mí. Sentí durante un corto instante como sus cabellos de plata acariciaban mi piel, y sus ojos se abrían con estrepitosa brusquedad a pocos centímetros de los míos.
Me estremecí al extraer la daga de entre sus costillas, sintiendo como la sangre caliente manchaba mis ropas. Le aparté con un rápido manotazo y miré en derredor, Kelryn y Annette me miraron con preocupación mientras retomaba el equilibrio. La tensión aumentó de forma descomunal; los lobos habían dejado de rugir, dando paso a un silencio sepulcral, y sus miradas se concentraban como una sola sobre el cuerpo inerte del licántropo caído.
Sabía que cuando comprendieran lo ocurrido saltarían sobre nosotros...Y esta vez no lo harían de uno en uno.
El siguiente fue un aullido, fúnebre, más desgarrador aún que el anterior, esta vez cargado de pena. Los lobos se agazaparon, listos para el ataque.
Las dagas giraron, uniendo su sonido metálico al del arco de Annette, que se tensaba, amenazante. Oí como Kelryn cortaba el aire con las hojas de su doble espada.
Y entonces, algo que ni licántropos ni humanos esperábamos. Todas las miradas se centraron en el cielo, cuando un brutal gruñido hizo temblar el suelo. La tensión había desaparecido como lo hace el agua entre los dedos. Las bestias, antes gallardas y sedientas de venganza, retrocedieron embargadas por el terror, e incluso algunas ocultaron el rabo entre las patas traseras, con lamentos perrunos.
-¿Qué ha sido eso?-Me preguntó Annette, patidifusa.
No podía responder. Mis ojos se habían clavado en el cielo, cubierto por las ramas que formaban la verdosa bóveda. Mi sangre se había congelado y tenía la sensación de que si apartaba la vista de aquel punto, sería lo último que hiciera.
Instintivamente alcé los brazos para protegerme a mí y a mis compañeros del fogonazo carmesí que precedió al gruñido. Una burbuja protectora de un color purpúreo acudió en mi rescate, tan rauda como un rayo, proporcionándonos seguridad en su interior. Annette y Kelryn permanecían encogidos, con la cabeza entre los brazos, mientras fuera se oía el lamento de nuestros enemigos. Tomé aire, guardando la calma como bien podía.
La confusión era tal que era incapaz de procesar la información. ¿Una llamarada? ¿Llovía fuego? ¿Y el rugido...? No podía ser lo que acababa de ocurrírseme. En cualquier caso, las llamas acababan de disolverse, y lo que quiera que fuera aquella cosa, iba a aparecer ante mis ojos enseguida. Mi brazo descendió con parsimonia, a tiempo que la burbuja que había servido de escudo se esfumaba tan rápida como había aparecido.
Un nuevo rugido, proveniente de mi espalda. Contemplé como el último de los lobos se esfumaba entre las sombras, justo antes de girarme para contemplar al recién llegado. Lo hice con lentitud, mientras sentía como Kelryn y Annette  se apelotonaban en torno a mí. La chica incluso había bajado de la roca, y ahora permanecía tras mi espalda, tensa como su propio arco.
-¿Qué es esa cosa?-Inquirió Kelryn.
Cuando vi al causante de tal alboroto, sonreí con satisfacción. Era justo lo que esperaba encontrarme. Tal y como lo había visto en mi visión en el lago, la luz verdosa, filtrada por las hojas, jugaba con sus negras escamas. Repasé su largo cuello, pasando por sus ojos, que se asemejaban más a abismos que a cualquier otra cosa, para pasar luego llegar a las alas extendidas...Ahí había algo que no encajaba ¿Las alas atravesaban las ramas?
-Un dragón.-Le respondí.-Pero no tengáis miedo. No es real.
Annette frunció el ceño.
-¿No es real...? Pero si ha...
La chica miró en derredor.
-¿Dónde están las cenizas? Ha debido carbonizarlos a todos con esa llamarada.
-Es sólo una ilusión, por lo que su fuego también lo era.-Le expliqué.-Échale un vistazo a sus alas. Es físicamente imposible que atraviesen los árboles. Además, de ser un dragón ya nos hubiera engullido hace eones.
Una voz desconocida nos hizo girarnos nuevamente (Juré, en mi fuero interno, que si volvían a sobresaltarme una vez más, arrancaría la cabeza al responsable).
-¿Has oído eso, Ísseon? Tendrás que mejorar tu técnica.-Habló con tono jovial, fresco.
Lo primero que llamó mi atención fue su larga melena, de cabellos rojos como el fuego. Lo segundo, el animal de pelaje blanco al que acariciaba en el lomo. Ambos individuos se mostraban en absoluta tranquilidad y armonía, en contraste con nuestras tensas y hostiles actitudes. Traté de hablar con solemnidad, sin dejar que el nerviosismo influyera en el tono de mi voz.
-Tenéis mi gratitud, seáis quienes seáis.-Me dirigí a la recién llegada y su acompañante animal.-Al parecer nos habéis salvado la vida...
-Por poco.-Asintió ella.
Avanzó hacia nosotros con paso alegre, seguida por su acompañante canino, al que identifiqué como un zorro. Aunque era de un tamaño excesivo para ser un simple zorro.
La chica estiró la mano abierta en mi dirección, clavando sus ojos, del color de la hierba, sobre los míos. Su rostro indiferente y a la vez atento a todo, llamó mi atención al instante. También la fuerza y el entusiasmo con que sostuvo mi mano entre la suya.
-Soy Alfa Kaelsomnis, princesa de Kaelpolis. Y éste de aquí es mi amigo Ísseon, guardián del templo de las ánimas. Hemos venido a llevarte a un lugar seguro, guerrero del eclipse.
Una princesa ¿Estaba de broma? ¿Qué iba a hacer una princesa en medio de un pantano...? Aunque sus ropas parecían de las mejores telas de Stellea.
Por otro lado, conocía mi apodo y decía venir del templo de las ánimas, por lo que la sacerdotisa Jules debía estar detrás de todo aquello.
-¿Cómo se que no estás mintiéndome?-Mi ceja derecha se elevó. Contemplé al animal de soslayo.
En respuesta a mi cuestionamiento, la pelirroja se encogió de hombros, sin variar su expresión.
-Puedes creerme, o no creerme. Lo importante es que estoy aquí para llevarte a Kaelpolis.-Se explicó, mirando alrededor, como si buscara algo en la oscuridad del bosque.
Solté una risotada sarcástica. Annette y Kelryn permanecían en silencio tras de mí, atónitos, supuse, por la repentina revelación de mi identidad por parte de la supuesta princesa.
-Disculpe, alteza.-Atraje su atención. Una vez sus ojos verdes se encontraron con los míos, proseguí.-Verá, estoy muy agradecido por lo que acaba de hacer. No obstante, me temo que aún tengo asuntos pendientes que atender aquí. Aunque después de solucionar mis problemas agradecería oír tu plan de huída, porque tenemos un persecutor bastante peculiar.
La chica asintió, con una media sonrisa, y aprovechó para evaluar a Annette y a Kelryn, que permanecían aún en silencio, un paso tras de mí.
-Te refieres a Eclipse ¿Verdad? Tranquilo, estoy aquí para eso.
Fruncí el ceño, confuso.
-¿Eclipse? ¿Se llama así?
¿Pero por qué? Se suponía que ese era mi apodo, ¿era algún tipo de broma?
Alfa achinó los ojos y agitó la cabeza, contrariada.
-Bueno, la verdad es que no seré yo quien sirva de gran ayuda, sino él.-Señaló al zorro.
Reparé en el animal por un instante, mirando sus ojos azules. Eran tan profundos y brillantes que casi apartaban la oscuridad que los rodeaba. Me miró con fijeza y sin parpadeos, invariable y orgulloso, con el cuello bien recto y la cola moviéndose con parsimonia y elegancia  de un lado a otro. Parecía tan lleno de inteligencia...
-¿Qué sabes al respecto de...? ¿Cómo le has llamado, Eclipse?
Alfa sonrió esta vez con más ganas, como si disfrutara de una broma privada.
-Creo que no hay tiempo para hablar eso.-Señaló al frente, tras nosotros.
Kelryn y Annette se giraron y retrocedieron varios pasos, quedando nuevamente tras de mí. Alcé las dagas, llevado por instinto, al ver a mi cazador, a pocos metros. Permanecía allí, inmóvil, con la poderosa cadena enrollada en el brazo, lista para flagelarnos.
-Cuanto tiempo, Eclipse.-Alfa se adelantó, colocándose a apenas un paso del individuo, seguida por su acompañante, que se situó justo ante mí, como si tratara de protegerme.- ¿Ya no cazas en mi ciudad? Se te echa de menos por allí.
-¡Qué sorpresa, princesita!-Era la primera vez que oía la voz de mi asesino, y, por desgracia, se me hizo extremadamente familiar.-No comprendo qué tiene esto que ver contigo. Pero si te apartas harás que sea mucho menos sangriento.
-Retírate ahora o me aseguraré de que te conviertas en una preciosa estatua de sal.-Le retó Alfa.
-Eso no le gustaría nada a Shira ¿Sabes la suerte que traería a tu reino provocar su ira? Vamos, se amable y aparta. Deja que beba su sangre de una vez, verle ahí en pie, intacto, me está matando.
¿Beber mi sangre...? Sus ojos, también familiares en exceso, me atravesaron entonces. Fueron como una bala, lacerándome con su color esmeralda, a través de las minúsculas coberturas de la máscara. Era un vampiro.
-De ninguna forma.-Se negó Alfa, con tono de superioridad.-Retírate, por las buenas, o por las malas
-¡Maldita seas mil veces, princesa estúpida y caprichosa!-Gruñó, rabioso.- ¡¿Es que no lo comprendes?!-Pareció histérico por un momento.- ¡No puedo dejar de sentir su presencia, es como si tuviera constantemente un cuchillo entre las costillas! ¡Me está torturando, tengo que acabar él! Mirarle a la cara duele tantísimo...
Me estremecí, retrocediendo un paso de forma inconsciente. Su voz...No era la primera vez que oía esa voz
¿Por qué me odiaba de esa forma? No recordaba haber hecho tanto daño a nadie como para despertar ese lacerante rencor. Me sentí culpable de repente.
-Si no te apartas ahora, tendré que matarte también a ti.-Se serenó el vampiro, apartando la mirada de mí y fijándola en Alfa.-Y, a diferencia de a ti, a mí sí que me son indiferentes las consecuencias.
Annette y Kelryn permanecían inmóviles, pero casi podía sentir su tensión
-Ísseon.-Llamó Alfa a su compañero.
Me pareció ver como el zorro asentía antes de arquear el lomo y levantar la cola, blanca como el nácar.
Eclipse gruñó una palabrota y su cadena salió disparada, como un sagaz relámpago de metal, en mi busca. No obstante, una barrera invisible detuvo el impacto. Al parecer, devolviéndolo contra su autor, que se vio catapultado a varios metros de distancia, perdiendo su máscara en el acto. Quedó inmóvil en el suelo, boca abajo.
-Lárgate. Si lo haces, saldrás mejor parado.-Le aconsejó Alfa.
-Maldito chucho.-Maldijo entre quejas.
Luego rió desde el suelo, con una mezcla de amargura y sarcasmo. Se incorporó hasta quedar arrodillado, cabizbajo. La curiosidad por ver su rostro me invadió y agucé la mirada, en un intento inútil por distinguir sus facciones entre la penumbra y los mechones de cabello rubio.
-No puedo irme.-Pronunció.-Tengo que acabar con él...Como sea.-Sus uñas se clavaron en el suelo con furia.
-¡¿Qué te he hecho?!-Le interrogué con un grito, sin poder aguantar un segundo más la tensión. Todos los presentes, excepto Ísseon, el cual continuó alerta y sin apartar la vista del vampiro, clavaron sus ojos en mí, sobresaltados.- ¡Ni siquiera sé quién demonios eres!-La cabeza me daba vueltas y la curiosidad me estaba arañando interiormente.- ¿Por qué me odias de esa forma?-Bajé el tono de voz y avancé, adelantando a la princesa y rodeando a su compañero, que me miraron con cautela.
-Eerie.-Me llamó la chica en voz baja, a modo de advertencia.
Alcé una mano en dirección a ella, pidiéndole silencio, a la par que avanzaba a pasos lentos y cortos, en dirección al vampiro.
Nadie habló. Guardaron silencio, contemplando la escena. A medida que avanzaba sentía como mi nerviosismo aumentaba y la curiosidad crecía a un ritmo acelerado, transformándose poco a poco en un interés salvaje.
-¡Vamos, respóndeme!-Le pedí, ya a un solo paso de él. Miré abajo para contemplar su cabellera dorada, entre las sombras.-Explícame el motivo por el que debo disculparme-Susurré.-Y lo haré. Lo juro.
Estar tan cerca hacía que sintiera un frío asolador, señal natural de que no estaba bien acercarse tanto a una criatura como aquella. Su apariencia exterior era tan atractiva que casi podía hacerme ignorar que su dieta corría por mis venas.
-No lo sé.-Admitió la bestia, con voz temblorosa. Y ya no volvió a parecerme tan horrible y hostil, a pesar de que sabía que, si lo deseaba, podría serlo.
-¿Quieres beber mi sangre? Te la daré a beber si es eso lo que deseas. Pero déjame continuar con mi viaje, por favor.-Me arrodillé frente a él, a pocos centímetros, pero su rostro seguía gacho y oculto a mi campo visual.-Te lo suplicaré si es necesario. Pero no me retrases, o perderé algo muy importante para mí.
-Jamás perderás nada tan importante como lo que he perdido yo.-Articuló, con voz torturada, llevándose las manos al rostro.-Ya no soy nada. No soy más que una sombra sin significado.
Por un instante me pareció que fuera a llorar, con el semblante oculto entre los dedos. Le miré con compasión y, conmovido por el tono melancólico de su voz, suspiré.
-Dime.-Hablé con dulzura, acercándome aún más, de modo que el frío aumentó considerablemente, poniéndome la piel de gallina. Pero aquella petición salvaje e intrépida que me hacía el instinto, parecía cada vez más satisfecha- ¿Qué te ocurre? ¿Cómo puedo saciar tu dolor? Haré cualquier cosa que esté en mi mano.
Estiré la mano, dudoso. Sentí la adrenalina correr de un lado a otro de mi cuerpo. De repente, era incapaz de comprender a mi instinto, que se contradecía entre el frío y la curiosidad.
-Eerie.-Repitió Alfa, haciéndome frenar a pocos centímetros de su cabello.-Aléjate de él. Ya.
-Está bien, alteza.-Le respondí.-No va a hacerme daño.
Mis dedos rozaron sus cabellos un solo instante, antes de que un rugido gutural me sobresaltara. Sentí el congelante impacto de algo que se cernía sobre mí, frío y duro como el hielo, pero cuyo aroma era arrebatador. Tardé un segundo en comprender lo ocurrido, y cuando lo hice, mis muñecas descansaban entre sus manos, sujetas contra el suelo, inmovilizándome. Podía sentir su congelante pero abrumador aliento en la cara, y sus ojos, despiertos y llenos de sed, me atravesaron con una fuerza sobrehumana, haciéndome estremecer. Pero no fue aquella suma de contradicciones lo que me desconcertó...Fue su rostro, idéntico al mío, como si lo hubieran reproducido en una escultura exacta y precisa. Mi mente se sumió en un profundo estado de desconcierto, incrédula.
-Sólo tu muerte puede devolverme aquello que he perdido.-Susurró, casi con dulzura.- ¿Comprendes ahora?
Su voz...
-No. No lo comprendo.-Repasé nuevamente sus facciones, patidifuso.-¿Quién...Quién eres tú? ¿Y por qué...?
-¿Por qué soy como tú?-Rugió, mostrando cuatro colmillos blancos y afilados.
Mi cabeza no podía asimilarlo. Me sentía como si estuviera mirándome a un espejo: Sus ojos eran los míos, su voz era la mía... Sólo el color de nuestros cabellos era diferente ¿Por eso me odiaba tanto? ¡Ahora comprendía qué despertaba sus ansias de sangre! ¡Sentía que le había robado su identidad!
Era justo como me estaba sintiendo yo ahora mismo.
-¡Apártate de él!-Oí la voz de Annette.
Eclipse gritó de dolor, retirándose de mí, por lo que rápidamente sentí la subida de temperatura y regresé al mundo real, aunque sin salir del estado de traumatismo.
Una flecha había atravesado su clavícula izquierda, y pronto percibí a mi lado la presencia de Ísseon, que se interpuso entre ambos y alzó nuevamente la cola.
-¡Vamos Ísseon, mándale lejos de aquí!-Le pidió Alfa.
El vampiro mostró sus colmillos, a pocos centímetros de la mandíbula del zorro, que permaneció estoico, atravesándole con su mirada de hielo.
Me puse en pie como pude tras arrastrarme un par de metros, sin poder apartar la vista del rostro de mi gemelo. Kelryn me ayudó a recuperar el equilibrio, preguntándome por mi estado. Pero ni siquiera le miré, estaba demasiado contundido para pensar...Necesitaba asimilarlo, comprenderlo, saber todos los por qué.
El zorro se envolvió de una luz resplandeciente y cegadora, tanto que el bebesangre retrocedió con un alarido de terror, horrorizado.
-¡No! ¡Tengo que matarle!-Se dijo a sí mismo.- ¡Aún no he terminado con él!-Vociferó, mientras sus poros espiraban vapor. Su piel se estaba quemando al contacto con la luz purificadora.
Aún así, se puso en pie con envidiable agilidad y rodeó al animal, avanzando con presteza, devorándome con dos ojos desorbitados y llenos de furia. Una flecha atravesó su tórax, pero no se detuvo, y Annette volvió a tensar el arco. Los brazos de Kelryn me envolvieron, protectores, interponiéndose entre yo y mi doble vampírico, que rugió desmoralizadoramente, haciéndolo estremecer. La nueva flecha impactó contra la bestia, que gritó de dolor, pero continuó su inalterable carrera en mi dirección. Yo apenas podía moverme, conmocionado.
-¡Detenle, Ísseon!-Oí exclamar a Alfa.
Y la luz proyectada por el animal aumentó su intensidad a tal punto que mis ojos se cerraron para evitar daños.
No había salido del shock. Cuando la luz lo envolvió todo, mi cerebro seguía dando vueltas al asunto, a por qué, de repente, me sentía dividido en dos. Aquella sensación era a la vez dulce y desagradable. Sentía una extraña atracción sobrenatural hacia aquel ser tan idéntico y a la par diferente a mí. Y por otro lado, quería saber más ¿Cómo, cuándo, dónde, por qué, quién? Esas preguntas que se hace un niño pequeño, continuamente, acerca de cualquier cuestión banal y, posiblemente, carente de importancia alguna.
La diferencia era que esto sí que era importante.
Cuando la luz se disipó, fui consciente de los tensos y temblorosos brazos de Kelryn alrededor, de la presión que ejercía en torno a mí. Mi cara permanecía oculta contra su pecho, y mis manos apresaban la tela de su túnica con insistencia. Me sentí patético.
-Eerie ¿Estás bien?-Le oí decir, preocupado.
-Vamos, ya se ha ido.-Sentí la caricia de Annette en el pelo, alentadora.
Aparté al joven con suavidad y le miré a los ojos. El chico apartó la mirada y me soltó con relativa brusquedad.
-Estoy bien. Gracias a todos.-Articulé, con la vista perdida en el suelo.
-Menos mal.-Suspiró Alfa.-Temía que hubieras perdido el juicio.
-Casi… ¿Sabes algo de eso?
Ella negó, encogiéndose de hombros. Fuera lo que fuera, no tenía tiempo para pensarlo ahora. Primero tendría que hacerme a la idea de que mi cara ya no era exclusiva. A lo mejor hasta la hacían en serie.
Entonces reparé en Ísseon, que me miraba expectante.
-¿Qué ha sido eso?
-Luz. En el sentido más técnico de la palabra. Los vampiros son fotosensibles, como bien sabrás, así que Ísseon tiene una clara ventaja frente a ellos.
El zorro permanecía sentado, a un par de metros de su amiga.  Su cola se movía de un lado a otro despacio.
-Ha sido impresionante.-Asentí, embelesado.
-¿Sabes? Rara vez Ísseon se emplea tan a fondo.
Miré al zorro con respeto.
-Muchísimas gracias, Ísseon. Me has salvado la vida.
-Nos la ha salvado a todos.-Apuntó Annette.-Si no fuera por la luz de Ísseon, ahora mismo Eclipse seguiría aquí.
-Ísseon es capaz de crear cualquier efecto visual o acústico, por lo que la luz solar apenas le ha costado.-Explicó Alfa.-El dragón era un ejemplo bastante claro de hasta dónde pueden llegar sus ilusiones.
Mientras hablaban, no podía apartar de la criatura.
-¿Es algo así como un ilusionista?-Inquirió Kelryn.
-Así es.-Asintió la princesa.-Puede hacerte crees que ves, oyes o sientes cualquier cosa.
Repentinamente, Ísseon echó a andar con pasos cautelosos, firmes y elegantes.
-¿Dónde va?-Inquirí.
-No querrás que dejemos tiempo a que Eclipse regrese al panteón antes de que lleguemos nosotros, ¿verdad? Según me han dicho, hay alguien allí a quien estás buscando. Fue Eclipse quien se lo llevó.
Fruncí el entrecejo, confuso. Ahora todo tenía sentido. Debía haber pensado antes en la identidad de Eclipse como vampiro en cuanto sobrevivió a mi primer ataque, pero jamás se me hubiera ocurrido relacionarle con el panteón de la bruma y mucho menos, la captura de Erianel.
-Tienes razón...Pongámonos en marcha.
-Aún estás afectado.-Observó Annette.
-No tiene importancia. Lo que de veras importa ahora es Erianel. Le sacaremos de allí cueste lo que cueste.
La chica asintió.
-Ánimo, guerrero del Eclipse.-Guiñó un ojo.
Sonreí con amargura.
-Siento haberlo ocultado.-Miré a ambos hermanos, pesaroso.-Pero comprended que podía ser peligroso para mí revelar mi identidad.
El Nyithiano negó.
-No tiene importancia. Ya tendremos tiempo de hablar al respecto de esto.
-Ahora vayamos tras el zorro antes de que lo perdamos de vista.-Coreó Annette.
Asentí y nos pusimos en en marcha.
Me había prometido a mí mismo que lo rescataría. No podía dejar que el asunto del vampiro me hiciera flaquear en mi voluntad de volver a verle.
Sabía que iba a salir airoso de aquella angustiosa aventura. Sabía que volvería a ver Kaelpolis, con la estatua de Lúmina en la plaza, tal y como había visto en mis visiones. Pero también sabía que no lo haría sin Erianel, jamás me lo permitiría a mí mismo.
Salvaría su vida o ninguna. No me importaba lo egoísta que aquello resultara, o si era inteligente poner en riesgo mi integridad en vano por él. Aquello era irrelevante, merecería la pena morir en el intento, con tal de intentarlo y luchar por su vida.
Se lo debía. Él había hecho tanto por mí...Había renunciado a una vida propia, sin saber siquiera cómo, sin que nadie le preguntara si realmente deseaba hacerlo. Simplemente lo había hecho, y solo para poder estar conmigo.

Ya apenas quedaba un kilómetro.

Si te pierdo hoy, jamás encontraré mi hogar, Erianel. Ni en este mundo ni en el mío.